Unión Proletaria

Del derecho a la República a la necesidad del Socialismo.

Hoja repartida en julio de 2006

Martes 11 de julio de 2006


El régimen político a que estamos sometidos, la monarquía parlamentaria, no es más que una forma del capitalismo que está demostrando que es un sistema político caduco y descaradamente opresor para los trabajadores. Gobierne el PSOE, el PP, o cualquier partido que defienda la propiedad privada, realizará los pactos antiobreros que den mayor beneficio al capital (reformas laborales para abaratar el despido, o para mantener el puesto de trabajo en precario), las leyes que sean necesarias para mantener la esclavitud asalariada.

Más aún, este sistema y este gobierno “tan progresista” mantienen una política imperialista con sus intervenciones en Afganistán, Haití, Bolivia, contra los inmigrantes “ilegales”, etc., y no denuncian, sino consienten, la masacre que está haciendo el Estado de Israel contra el pueblo palestino y con el ataque al Líbano.

Aun con toda esta opresión en el mundo, hay síntomas que reflejan que el movimiento popular está despertando, como por ejemplo en Francia, donde el NO a la constitución europea ha echado marcha atrás a los planes capitalistas europeos, o donde también las protestas sociales impidieron la aplicación del despido libre de los jóvenes. En Nepal, el Partido Comunista al frente de la Guerra Popular, encabeza una lucha revolucionaria que está alcanzando conquistas ejemplares para la lucha de los pueblos oprimidos.

De la realidad presente se desprende, pues, una enseñanza: la lucha del proletariado y de los pueblos oprimidos puede frenar al imperialismo y a la reacción; es incluso el camino para aprender a liberarnos definitivamente de ellos.

La unidad de las organizaciones que abogamos por la república es una necesidad y un avance importante en la lucha por la conquista de unos derechos democráticos, conculcados por el franquismo y negados por la burguesía y el oportunismo, en la farsa de la transición. Porque nos obligan a vivir bajo la monarquía parlamentaria, pues no se nos permitió optar por la república y de ahí vinieron otras muchas restricciones a la democracia: a las nacionalidades que históricamente fueron más o menos obligadas a integrarse en una España bajo dominio de la oligarquía castellana, no se les reconocía su derecho a separarse; contra esta eventualidad, el ejército se erigía en garante de la unidad de la patria; el Estado no se proclamó laico (la Iglesia Católica sigue inmiscuyéndose en los asuntos políticos, alimentándose del dinero público e impartiendo su doctrina en las escuelas); las instituciones no fueron depuradas de los elementos fascistas; el pueblo se quedó sin poder elegir a los jueces, ni obligar a sus diputados (mandato imperativo y revocable); etc. Estas limitaciones unidas al deterioro general de la democracia en la etapa imperialista del capitalismo –y no digamos con los años de contrarrevolución que venimos padeciendo- han provocado, a su vez, nuevos recortes de las libertades como son la ley antiterrorista, la ley de partidos, la ley de extranjería...

En nuestro país, la historia concreta de la institución monárquica la convierte en una ostentación del poderío de la reacción, en la permanente amenaza terrorista que ésta hace pesar sobre el pueblo: no olvidemos que, contra la voluntad popular expresada en las urnas desde 1931 hasta 1936 a favor de la república, la corona fue restaurada mediante un golpe militar fascista que desató una guerra civil de tres años y una sangrienta represión de cuarenta más; el régimen actual es el resultado de un pacto entre el franquismo y los reformistas republicanos o progresistas, a condición de que la reacción más rancia y terrorista siga en el poder (no sólo a cambio de una amnistía política para ella, como sostiene engañosamente la condena al franquismo promulgada por el Consejo de Europa).

El proletariado, único garante del progreso social

Sólo las grandes masas de la clase obrera —que son la mayoría de la población—, encabezando a todos los demás oprimidos, pueden desarrollar una eficaz resistencia hasta derribar el yugo de esta perversa confabulación antipopular y, más allá, el propio imperialismo. Para eso, es indispensable que a los trabajadores les hagamos llegar denuncias vivas y concretas de estas lacras, a la vez que nuestro apoyo a sus luchas económicas. No podemos esperar a la iniciativa republicana del sector más moderno de la burguesía representado por el PSOE, el PNV, CiU y otros, que sólo rompería su pacto con la vieja oligarquía si le obligara la lucha revolucionaria del proletariado y precisamente para debilitarla.

¿Tiene interés la clase obrera en apoyar la lucha por la república? ¿Le ayudará eso a avanzar hacia la emancipación social? Rotundamente, sí. En primer lugar, las masas obreras sólo podrán concienciarse plenamente de su papel revolucionario por medio del desarrollo de la lucha de clases. Y esto exige, a su vez, que nos preocupemos por educar a los trabajadores en el combate intransigente por la igualdad política, por la democracia en general. ¿Cómo van los obreros a ser capaces de cuestionar a los ciudadanos capitalistas —iguales a ellos en derechos políticos— si se resignan a vivir como súbditos temerosos del rey, de la nobleza, del ejército, de la guardia civil, de la policía, de los jueces, del clero y demás estamentos intocables? Gracias a su participación en la lucha política, descubrirán el antagonismo entre el proletariado y la burguesía que hay detrás de la democracia en general, comprobarán que el capitalismo limita absolutamente la democracia para los trabajadores y comprenderán que ésta exige sustituir la actual dictadura de los explotadores por la dictadura del proletariado. En segundo lugar, los logros de la lucha democrática desbrozarán el camino del socialismo: los residuos del antiguo régimen ya no estorbarán el desarrollo de la sociedad ni distraerán a los obreros de su cometido revolucionario; cuantos más derechos para el pueblo, más posibilidades de expresión y de organización obtendrán aquéllos para su lucha por el socialismo; nuestra clase social recobrará la confianza en sus fuerzas y los demás oprimidos la reconocerán como su dirigente necesario.

Para ello, sin embargo, hace falta unir el máximo de fuerzas en la lucha por cada reivindicación democrática (república, derecho de autodeterminación, laicismo, etc.) sin condicionar esa unidad a los intereses específicos de los obreros, pues eso espantaría a los burgueses y pequeñoburgueses más avanzados que hoy en día dirigen al sector mayoritario del movimiento reivindicativo de nuestra clase, mermando entonces nuestras probabilidades de éxito. Y, al mismo tiempo, debemos ejercer nuestra libertad de propaganda revolucionaria y socialista en estas luchas políticas porque 1º) los intereses de los proletarios no podrán satisfacerse ni por la república burguesa más democrática, sino únicamente por una república socialista; 2º) la conquista de la república no es un paso previo imprescindible para la revolución proletaria, la cual puede triunfar directamente contra un Estado monárquico o fascista; 3º) los proletarios somos partidarios de la república y de la mayor democracia posible bajo el capitalismo, precisamente para mejor poder luchar por el derrocamiento del régimen burgués, y no para someternos a él cuando se viste de republicano; 4º) para tal fin, nos es mucho más útil una república y unas reformas democráticas arrancadas por la lucha revolucionaria popular que si esos cambios nos los “regalan” desde arriba.

Unirnos para luchar más y mejor

Debemos propiciar la lucha de las masas en todas las cuestiones económicas, políticas e ideológicas candentes, defendiendo siempre la revolución socialista como meta social inmediata. Debemos conquistar la hegemonía del marxismo-leninismo en el movimiento obrero, precisamente a través de la mayor unidad de acción posible en cada lucha de clases concreta. En definitiva, la emancipación social exige que hoy luchemos por la unidad programática y práctica del proletariado, con el objetivo principal de reconstituir su organización revolucionaria: el Partido Comunista.

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