Unión Proletaria

¡Unámonos por la República! Llamamiento a la clase obrera y al pueblo

Hoja para los actos por la Tercera República del 6 de Diciembre de 2006

Miércoles 6 de diciembre de 2006


Tras casi 30 años de monarquía parlamentaria —refrendada en la vigente Constitución el 6 de diciembre de 1978— y a pesar de su cínica propaganda machacona, se han disipado las ilusiones de amplias masas de la población sobre el carácter democrático del “nuevo” régimen. Estamos hartos de ver cómo la intocable Casa Real, la burocracia del Estado y de los partidos monárquicos, el clero, la oligarquía económica de siempre (terratenientes, constructoras, inmobiliarias, bancos, energéticas y demás traficantes) se enriquecen, corrompen a la sociedad y abusan del pueblo.

En contrapartida, las condiciones de vida de los trabajadores se vienen deteriorando con el consentimiento activo de los políticos burgueses de la derecha y de la falsa izquierda. Éstos se aprovechan de las vacilaciones de los sindicatos de masas, en cuya dirección predomina la aristocracia obrera sobornada por el capital, para emprender un ataque brutal contra las conquistas históricas del movimiento obrero: continuas reformas laborales y económicas facilitan los despidos, aumentan el paro y la precariedad laboral, disparan los accidentes de trabajo, merman los salarios, hacen subir el precio de la vivienda y de otros medios de vida imprescindibles, fomentan la competencia entre los trabajadores por razón de nacionalidad, sexo, edad, etc. Se sigue sin reconocer el derecho de autodeterminación para las nacionalidades del Estado, haciendo de España una unidad que no es voluntaria, sino a la fuerza del propio ejército, por mandato constitucional. La oligarquía niega los derechos políticos y laborales a los trabajadores cuando éstos son inmigrantes, para acosarlos y aprovecharse de ellos, hacer bajar los salarios, dividir a la clase obrera y debilitar su movimiento de resistencia, animando los bajos instintos xenófobos con los que, hace medio siglo, el nazismo estuvo a punto de devolver a la humanidad a la barbarie. Para remate, ha manipulado el rechazo de la opinión pública al terrorismo para criminalizar, con toda una batería de leyes represivas, a los que defendemos los intereses de las masas populares a través de la participación y movilización de las mismas. Todo este caldo de cultivo para la violencia egoísta y retrógrada es, a su vez, potenciado por la difusión de una cultura de masas sometida al lucro.

La política reaccionaria interna viene correspondida con la implicación activa del Estado español en el desarrollo cada vez más agresivo del sistema imperialista mundial: incorporación a la OTAN (con referéndum engañoso y posterior incumplimiento de sus cláusulas más “pacifistas”), a la Unión Europea (con el desmantelamiento industrial a cambio de la corrupción de las subvenciones), expolio de América Latina, Guerra de Irak, ocupación de Afganistán, complicidad con las agresiones del Estado sionista de Israel y otras colaboraciones con el belicismo yanqui como las bases militares que, desde Franco, vienen mancillando la soberanía nacional.

Ruptura política republicana

De esta situación son responsables todos los partidos gobernantes, sus cómplices en la “oposición” y, en general, esa minoría social que nos ha impuesto el yugo del régimen monárquico para seguir enriqueciéndose del trabajo ajeno. Hace 75 años, nuestro pueblo encontró el camino de la libertad y de la democracia verdadera, conquistando la Segunda República española y eligiendo, cinco años después, al gobierno del Frente Popular. Pero la oligarquía aplastó la voluntad de los electores con una sangrienta guerra civil y una dictadura fascista que duró 40 años, gracias a las cuales impuso la restauración de la monarquía. El régimen actual, salido de la llamada “Transición política”, es el resultado de un pacto entre el franquismo y los reformistas, a condición de que la reacción más rancia y terrorista siga en el poder. Ésta se limitó a admitir nuevos socios en el bloque dominante y a flexibilizar el ejercicio de su dictadura —cosa que deberemos aprovechar en la lucha por la libertad—, pero la democracia que necesitamos los proletarios y los pueblos del Estado, incluso las bases sociales de los partidos de “izquierda” y de los sindicatos, no es compatible con esta monarquía parlamentaria. Ni siquiera se permite la reparación de los daños que el fascismo ha infligido a este país y a los que lucharon por la libertad: la ley recientemente aprobada sobre la memoria histórica, más allá de las frases y limosnas, mantiene la herencia del franquismo.

Necesitamos imperiosamente desarrollar un amplio y poderoso movimiento popular que luche por el restablecimiento de la república, la ruptura institucional plena con el pasado franquista, la depuración del aparato del Estado de individuos fascistas, la soberanía popular efectiva con mandato imperativo y revocable sobre todos los cargos públicos, el reconocimiento del derecho de autodeterminación de las nacionalidades del Estado español, el laicismo y una política exterior de paz y solidaridad anti-imperialista.

¿Podrá el incipiente Movimiento Republicano actual —basado en el programa democrático mínimo de los Ocho Puntos— vencer a una tiranía que se ha mostrado tan poderosa y feroz hasta el presente? Sí, podrá vencer y vencerá.

En primer lugar, porque no estamos solos sino que compartimos causa común con los pueblos que, en el mundo de hoy, vienen combatiendo al imperialismo con una determinación creciente: desde los obreros franceses que echaron abajo la Constitución de la Europa de los ricos y el CPE, hasta los campesinos de Nepal que están rompiendo las cadenas de la monarquía feudal, dirigidos por el PCN(maoísta); desde la resistencia palestina, libanesa, iraquí y afgana contra la ocupación militar extranjera, hasta los progresos electorales y políticos de la izquierda latinoamericana; etc. Todos contribuimos a liberarnos del sistema por el que una minoría oprime a la mayoría.

En segundo lugar, porque la democracia interesa a todos, menos a un puñado de magnates que asfixian incluso a la pequeña y mediana burguesía y que nos arrastran a aventuras expansionistas de tan gravoso coste como la matanza del 11-M.

En tercer lugar, porque, entre los partidarios de la democracia, contamos con la clase obrera que es la fuerza numérica y económica decisiva. Sólo necesitamos que ésta vaya tomando conciencia de su papel político.

La clase obrera, vanguardia de la democracia

¿Cuáles son las dificultades que deberemos superar para que las masas obreras hagan posible la conquista de la República?

Son, ante todo, dificultades internas del propio movimiento obrero, en las que incide principalmente la desmoralización producida por la contrarrevolución en la Unión Soviética y el campo socialista. Allí, hasta mediados de los años 1950, el atraso social, la inexperiencia ante el reto de construir una nueva sociedad y los errores pudieron resolverse positivamente. Estos países fueron la prueba viva de que el proletariado puede conquistar el poder político, vencer las agresiones permanentes de los capitalistas nacionales e internacionales —como la del fascismo hasta su derrota en la Segunda Guerra Mundial—, desarrollar una economía sin explotadores, al servicio del pueblo, e impulsar un poderoso movimiento mundial por la paz, la democracia, la liberación nacional y el socialismo. Sin embargo, hace ahora cincuenta años, los nuevos dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética encabezado por Jruschov renunciaron a los principios revolucionarios, con el pretexto de corregir excesos cometidos. A pesar de los esfuerzos de los comunistas de China y otros lugares, se inició un período de declive del movimiento obrero internacional que dejó la iniciativa política e ideológica en manos de la burguesía imperialista y que tuvo su culminación en los años 90 con la destrucción de la URSS.

El imperialismo se viene aprovechando de ello para atacar las conquistas socio-laborales más básicas de los obreros, así como los derechos democráticos y nacionales de los pueblos. La creciente resistencia por parte de éstos demuestra que, si bien aquél ha ganado una batalla, ni mucho menos ha ganado la guerra. La ganaremos la mayoría de la humanidad: los trabajadores y los pueblos. Eso sí, deberemos volver a aprender muchas cosas que fuimos abandonando durante nuestra retirada.

Los proletarios, en su mayoría, han perdido momentáneamente la esperanza de poder emanciparse de su condición de clase sometida a la dictadura del capital. El retroceso de su conciencia política les lleva a luchar por la mera supervivencia individual y a respaldar tal o cual partido burgués (PP, PSOE, CiU, PNV, etc.). En la medida en que esto, tarde o temprano, hace empeorar su situación empiezan a asociarse para la lucha reivindicativa, principalmente económica o sindical, y a sostener a los partidos políticos pequeñoburgueses con demandas democráticas contra la oligarquía (IU, ERC, Batasuna, ...). El republicanismo actual basado en los 8 puntos —como el movimiento democrático más consecuente que existe y que representa objetivamente la alianza entre el proletariado y la burguesía no monopolista— puede y debe conquistar la confianza de estos trabajadores. Y lo hará asumiendo sus reivindicaciones inmediatas, educándolos políticamente mediante denuncias vivas y concretas del cercenamiento de la democracia por parte del régimen monárquico, e incorporando a sus filas a sectores cada vez más amplios del movimiento obrero.

Por mucho que se limiten a reivindicaciones económicas, las masas proletarias anhelan poder realizarlas, anhelan tener poder para realizarlas. Intuyen que son la mayoría de la sociedad y que, sin embargo, carecen de tal poder. Por consiguiente, son necesariamente demócratas, necesitan la democracia. Así empiezan a comprender que la política es la forma más importante y determinante de la lucha de clases: en ella, se revela la esencia de clase de todos los problemas sociales, los cuales sólo pueden empezar a resolverse precisamente a partir de la conquista del poder político por el proletariado.

Por eso, se equivocan quienes creen que los obreros de hoy sólo pueden entender de sindicalismo y no hay que hablarles de política, de democracia, de república, de socialismo. También hacen daño los que denigran la lucha democrática alegando que también interesa a la pequeña burguesía y, a cambio, se limitan a reclamar la independencia política del proletariado y la realización de sus objetivos finales. La propaganda no será suficiente para desarrollar la conciencia de los obreros: tenemos que tomar en cuenta su realidad objetiva y subjetiva marcada por la derrota del socialismo, propiciar que comprueben la validez de la política comunista con su propia experiencia práctica, acompañarlas en el transcurso de la misma con nuestro apoyo y nuestras críticas. ¿Cómo van los obreros a ser capaces de cuestionar a los ciudadanos capitalistas —iguales a ellos en derechos políticos— si se resignan a vivir como súbditos temerosos del rey, de la nobleza, del ejército, de la guardia civil, de la policía, de los jueces, del clero y demás estamentos intocables? Gracias a su participación en la lucha política, descubrirán el antagonismo entre el proletariado y la burguesía que hace imposible la democracia en general, para todos, comprobarán que el capitalismo no permite la democracia para los trabajadores y comprenderán que ésta exige sustituir la actual dictadura de los explotadores por la dictadura del proletariado. Mientras, cuantos más derechos consigamos para el pueblo, más posibilidades de expresión y de organización obtendremos los obreros conscientes para luchar por el socialismo. Y así, nuestra clase social recobrará la confianza en sus fuerzas y los demás oprimidos la reconocerán como su dirigente necesario.

El camino al socialismo

No sólo la lucha por la república hace falta para el desarrollo subjetivo o consciente de la clase obrera; también objetivamente es el aspecto principal del camino hacia la revolución socialista. La monarquía es la expresión política concreta del capitalismo imperialista en España, es su “clave de bóveda”. Así lo entendió la burguesía que, desde los años 30, ha visto en la restauración de la Corona la garantía de su salvación, incluso recurriendo para ello al terror fascista. Es ciertamente posible una reforma capitalista republicana, pero no es la tendencia del actual movimiento popular por la república, máxime cuando hoy el proletariado es la mayoría del pueblo. A través de la realización de dicha república o del mero movimiento social a favor de la misma: tal sería la forma de transición política de las masas obreras hacia el socialismo.

Por supuesto, esto exigirá que desarrollemos un movimiento obrero independiente —que no encerrado en sí mismo—, reconstituyendo su propio Programa político, su Partido Comunista marxista-leninista y sus organizaciones de masas. Como representantes avanzados del proletariado, debemos combatir las ilusiones democrático-burguesas que se expresan inevitablemente en el movimiento republicano. No se trata de imponerle el objetivo del socialismo, ya que espantaríamos a la pequeña burguesía y, con ella, a las masas mayoritarias de obreros —incluso de vanguardia— que hoy la siguen. Pero sí de impedir la idealización de la república, pues tal engaño al proletariado puede costarle muy caro en un futuro y, ahora mismo, aleja a los obreros conscientes más recelosos de las traiciones sufridas, contribuyendo así a la división de nuestra clase y a su parálisis política. Es cierto que el movimiento proletario está débil y muy controlado por la aristocracia obrera; y que esto representa un peligro para la continuidad revolucionaria del movimiento democrático. Pero, precisamente, la viabilidad de una ruptura política que cuente con un respaldo de masas puede servir de acicate a la lucha de resistencia de nuestra clase para romper sus actuales diques, despegar y tomar firmemente el timón de la lucha por la república.

La actividad actual del Movimiento Republicano es justa pero insuficiente, sobre todo cualitativamente: debe dar la batalla en todos los frentes de la lucha de clases presente. Después de la crisis política que produjo la participación española en la invasión de Irak y el 11-M, los planes de la reacción más negra se vieron frenados. Todavía estamos en un momento relativamente favorable —con el proceso político vasco y con la repercusión que está consiguiendo la lucha por la memoria histórica (frente al pacto constitucional de 1978)— para aprovechar aquella crisis y desbaratar los esfuerzos por recomponer la hegemonía política de la gran burguesía. Pero el tiempo apremia y quizás no tarde en volver a gobernar la reacción descarada (el Partido Popular). Seguramente no podamos impedirlo pero sí podemos aprovechar la coyuntura para afrontar la contraofensiva reaccionaria con posiciones más avanzadas en lo político y organizativo.

Faltan pocos meses para que el régimen vuelva a retarnos a unas elecciones en las que la oligarquía parte con clara ventaja: tiene el poder y el dinero; y nosotros defendemos los intereses reales de una mayoría cuya conciencia todavía es insuficiente. Por esto mismo, debemos reconocer que las masas populares parten del mecanismo parlamentario de representación que tienen a mano y en el que no han perdido todavía tanta fe como para poner en pie otro alternativo y propio (comunas, soviets…).

La abstención electoral resta legitimidad al régimen, pero, fuera de una crisis revolucionaria, no sirve para acabar con él porque también deslegitima la capacidad política de la clase obrera: una clase mayoritaria a la que sus explotadores minoritarios brindan la oportunidad formal de arrebatarles el poder y que, lejos de acercar esta posibilidad eligiendo a sus propios diputados, se abstiene siquiera de intentarlo. Por supuesto que no se trata de “competir” por la mejor oferta de gestión, sino que debemos aceptar el reto electoral para elevar la lucha contra el régimen monárquico, tanto durante la campaña electoral como luego, con la labor revolucionaria de los representantes obreros y populares que serían probablemente elegidos en algunos municipios. No podemos cometer la irresponsabilidad de que, cuando el régimen convoca la participación del pueblo, la prioridad política de la república se desdibuje y los que luchamos por ella aparezcamos divididos. Debemos recapacitar, desprendernos de todo sectarismo, de todo chovinismo de grupo (expresión del espíritu de propiedad privada en las filas obreras), y unir a todas las fuerzas republicanas posibles, también para las próximas elecciones. Es lo que necesitan el proletariado y el pueblo para forjar su unidad y avanzar hacia la emancipación social.

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