Malena V.

Acerca de Trotsky (1903-1917)

Martes 24 de marzo de 2009


“La fuerza de Trotsky se rebela cuando la revolución toma ímpetu y avanza. Su debilidad se hace patente cuando la revolución es derrotada y tiene que replegarse”, dijo Stalin.

Aquí quedarían sintetizadas en gran manera, las luces y sombras de este hombre de acción, buen organizador y poseedor de una gran oratoria, que en los momentos álgidos de la revolución hacían de él un agitador muy valioso, sin embargo, serían sus defectos los que condicionarían y determinarían negativamente su trayectoria política.

La revolución y sus intereses, siempre estuvieron supeditados a su egolatría y arrogancia, defectos éstos que opacaron en gran medida sus virtudes, y que le llevarían a equivocarse y contradecirse en muchas ocasiones. En el aspecto teórico, el subjetivismo y el aventurerismo político fueron su piedra angular, alejados de los principios y métodos de análisis científico del socialismo marxista.

Aunque los acólitos del trotskismo han difundido una imagen idealizada y sobredimensionada como protagonista del Octubre Rojo, los hechos, unas veces porque se han tergiversado y otras omitido deliberadamente, ponen en entredicho estas apreciaciones. Esto, a su vez, ha impedido que nos formemos una idea más aproximada y objetiva del papel jugado por Trotsky en la preparación y triunfo de la Revolución de Octubre.

Permaneció fuera del Partido desde 1904 hasta 1917, periodo vital en el cual se forjó y consolidó el Partido que haría posible el Gran Octubre Rojo, y del que se mantuvo al margen, arrogándose luego un protagonismo determinante en la culminación y éxito de esta obra.

Si, en momentos puntuales de ésta, y dadas sus virtudes, fue muy útil como organizador y agitador, esto no le hacía merecedor de la relevancia y trascendencia que algunos le han querido otorgar, ni le exoneran de culpa en su trayectoria individualista e irresponsable, enfrentado denodadamente durante años a Lenin y al partido bolchevique, verdaderos artífices en la preparación y toma del poder en 1917.

En un principio subestimó a Lenin, con el que rivalizó de manera enconada, aunque en su autobiografía Mi vida, escrita en 1930, bien se cuidó de resaltar sus coincidencias y ocultar o restar importancia a sus grandes controversias y diferencias ideológicas. No obstante, algunos hechos que referiré a continuación, confirman estas diferencias y ponen en evidencia su particular “memoria histórica”.

En el 2º Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata, celebrado en 1903, ante la propuesta de Lenin de reducir el consejo de redacción de Iskra, con la intención de hacer más profunda y eficiente la línea política del Partido, Trotsky, que hasta entonces había estado de acuerdo con esta centralización, vio en esta propuesta un intento de conspiración con la intención de apartar a miembros históricos del Partido, posicionándose por eso con los mencheviques y votando en contra. La votación, que ganarían por dos votos los partidarios de la propuesta de Lenin, haría que el Partido quedase dividido en dos corrientes, “bolcheviques” mayoritarios, y “mencheviques” minoritarios. Estas dos fracciones cohabitarían convulsamente hasta 1912, año en el que el cisma se hizo definitivo.

Otro punto de fricción y discrepancia ideológica en este Congreso, fue la negativa de Lenin a abrir el Partido a todos los trabajadores, como proponían los mencheviques, porque la labor del Partido, afirmó, debía ser la de organizar “la vanguardia del proletariado” y a sus elementos más valiosos y con más conciencia de clase.

Trotsky le acusó de no confiar en el instinto de los trabajadores y de formar una organización cerrada de conspiradores, y no un partido de la clase obrera. Lenin le rebatió afirmando “que también en la clase obrera había confusiones, vacilaciones y oportunismo, y si el Partido abría sus puertas como pretendían los mencheviques, el Partido absorbería todos esos elementos de debilidad. El Partido debía encabezar a la clase obrera y no podía, por consiguiente, ser tan amplio como la clase misma”. Sin embargo estas razones no convencieron a Trotsky, a pesar de que, en un aparte de las sesiones, Lenin intentó durante varias horas argumentarle sus tesis y responder a las acusaciones. Más tarde envío a su hermano en un intento de convencerle, sin embargo todo fue inútil, la hostilidad y rivalidad de Trotsky iban en aumento.

Posteriormente, el “demócrata” Trotsky junto a Plejanov, aliado de Lenin en la votación aludida anteriormente, consiguieron reintegrar a los redactores que habían sido cesados, algo a lo que Lenin se opuso, por lo que acabó apartado de la dirección de Iskra, quedando derrotado y aislado de forma temporal, sufriendo durante un tiempo los ataques y el hostigamiento de la Iskra menchevique-trotskista, sin ninguna posibilidad de poder responder hasta que, pasados seis meses, fundó v period (adelante).

Trotsky también comenzó a tener diferencias con los mencheviques, abandonando el Partido en 1904. Tras su salida, en ese mismo año, apareció un folleto en Bruselas titulado Nuestras tareas políticas, en el que continuó lanzando furibundos ataques contra Lenin, al que acusó, entre otras cosas, de desconfianza en las actividades espontáneas de las masas, a lo que Lenin le respondió: “que los obreros por sí mismos no podrían elevarse del sindicalismo al socialismo revolucionario, la ideología debía ser llevada desde afuera por la intelectualidad revolucionaria”.

Esto, según Trotsky, era una “teocracia ortodoxa” que actuaba sin tener en cuenta lo que los trabajadores sentían y pensaban. También le tachó en otras ocasiones de “dictador repugnante y disoluto”, de “demagogo”, de “aprovecharse del atraso del movimiento obrero ruso”, etc. Trotsky llegó a la conclusión de que Lenin había abandonado el marxismo por el jacobinismo, y que éste se erigía en el jefe de un ala revolucionaria de la democracia burguesa. “Un hábil estadístico y un abogado chapucero”, “una parodia de Robespierre”, etc., son también algunos de los adjetivos vertidos hacia Lenin. Posteriormente a su muerte, se postuló como su heredero político y hombre de confianza. Su primer gran enemigo, como muchos habíamos creído, no fue Stalin.

El intento hipócrita de Trotsky a través del “Bloque de agosto”, en 1912, por conciliar a bolcheviques y mencheviques mediante una conferencia convocada en Viena, y a la cual los bolcheviques no asistieron, llevaría a Lenin a manifestar lo siguiente: “Trotsky no ha tenido nunca ‘fisonomía’ y no tendrá ninguna; en su activo no tiene más que migraciones y deserciones que le han hecho pasar de los liberales a los marxistas y viceversa, ramos de frases ingeniosas, cogidas de izquierda y derecha”.

En los años sucesivos, Lenin, sabedor de sus capacidades y consciente de las necesidades y limitaciones del Partido, intentó atraerlo en varias ocasiones, pero su divinismo político y altanería le llevarían a rechazarlo de forma reiterada. Lenin, a diferencia de Trotsky, supo anteponer los intereses del Partido y su línea política por encima de las rencillas y ambiciones personales, aunque siempre albergó la esperanza de que algún día madurara y sus virtudes se pusieran al servicio del Partido de manera consecuente. Esto, como el paso del tiempo demostraría, no fue así. Su afán de protagonismo desmedido y su arrogancia, le crearon no pocos enemigos, y además ensombrecieron durante toda su vida sus grandes cualidades.

No sería hasta 1917, en plena efervescencia revolucionaria, cuando reingresaría en el Partido. Una propuesta de Lenin al Comité Central, en agosto de 1917, en la que exponía que una vez que se excarcelara a Trotsky le dieran un puesto prominente en la dirección de la prensa bolchevique, fue rechazada por 11 contra 10 votos. Esto nos puede dar una idea de las reservas que anidaban bajo la superficie del partido bolchevique, y que aflorarían especialmente a la muerte de Lenin.

Fue uno de los dirigentes encargados de la insurrección, aunque Lenin mantuvo sus dudas hasta el último momento de su capacidad para llevarla a cabo, dada su inestabilidad tanto personal como política. Sin embargo, hay que volver a recordar que a él se le encomendó la labor de organizarla y dirigirla, pero el éxito de ésta no hubiera sido posible sin la implantación e influencia de los cuadros y dirigentes del partido bolchevique entre las masas, tras años de arduo trabajo en los que Trotsky se mantuvo al margen.

Si en el trabajo práctico fue un hombre capaz (como bien reconoció Lenin en sus “Cartas al Congreso”, erróneamente conocidas como “Testamento”, en las cuales también hacía alusión a su soberbia), en el plano teórico hizo de su particular visión personal su ideología, desarrolló la tesis de la revolución permanente, ya que el verdadero padre de ésta fue su amigo Parvus, teoría que Lenin llegó a tachar, en su momento, de absurda e izquierdista, allá por 1914.

Ésta se sustentaba en la desconfianza de que en la Rusia atrasada, sola y por sí misma, sería imposible consolidar la revolución, poniendo todas sus esperanzas y esfuerzos en provocar la revolución en la Europa más moderna y desarrollada, aún a riesgo de poner en peligro la consolidación de la revolución en Rusia.

Los hechos posteriores refutarían esta teoría, que nada tenía que ver con los principios del internacionalismo proletario en los que quiso ampararse. Una Rusia hambrienta, atrasada y aislada, bajo la dirección del Partido bolchevique, fue capaz de derrotar al ejército blanco y a las potencias extranjeras que la invadieron, y comenzó a sentar, no sin grandes dificultades, las bases para la construcción y consolidación del socialismo.

Posteriormente, aguantó los ataques del nazismo, al que acabó derrotando, dando un ejemplo a todos los trabajadores del mundo.

Este país pasó, en unos años, de ser una de las naciones más atrasadas del mundo, a convertirse en la primera potencia industrial de Europa y en la segunda del mundo, durante la época de Stalin.


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