Editorial EM 5

¿Hacia donde va España?

Diciembre 2007

Lunes 10 de diciembre de 2007


"España va bien" fue el grito de júbilo de Aznar después de 20 años de estabilización del capitalismo español y de paulatina destrucción de los logros históricos del movimiento obrero. Los peligros del libertinaje contra los que habían clamado los dirigentes populares durante la transición política ya se habían disipado. La ola de reivindicación democrática del pueblo se había calmado hasta el punto de que éste volvía a tolerar que gobernara el partido del aristocratismo y de la reacción desembozada. Porque, efectivamente, ellos sirven a España, pero a la España de la oligarquía, no a la España de los trabajadores.

Pero tanta euforia les llevó a la soberbia y a forzar los ritmos de la involución política que precisa la burguesía imperialista. La burda manipulación del atentado del 11-M fue la gota que colmó el vaso y volvió a despertar a esa España que creían domesticada. De eso va a hacer cuatro años y el pueblo se verá pronto confrontado a unas nuevas elecciones generales. ¿Cuál es ahora la correlación de fuerzas? ¿Qué ha significado el gobierno de Zapatero?

Durante el mandato de éste, no se han producido retrocesos legislativos comparables a las reformas laborales, penales, tributarias, etc., de los ejecutivos anteriores e incluso se han aprobado tímidas iniciativas democráticas y sociales: leyes de dependencia, de igualdad, de violencia sobre la mujer, de matrimonio homosexual, de "divorcio exprés", de memoria histórica, desarrollo de algunos Estatutos de autonomía, etc. Vistas así las cosas, podría parecer que nos hallamos ante un gobierno moderadamente progresista. Pero muy distinto resulta su papel objetivo en relación con la evolución política de España. La ofensiva neoliberal que recorre el mundo desde los años 80 persigue atacar los obstáculos estructurales que acogotan el proceso de acumulación capitalista: de ahí, la destrucción de la URSS y parte del campo socialista, la recolonización creciente del tercer mundo y la agresión continuada contra los derechos y condiciones de vida de los trabajadores asalariados, así como de los pequeños productores. No obstante, esto no resulta suficiente y, en consecuencia, las tensiones entre los países imperialistas se agudizan, desatándose una carrera desenfrenada entre ellos. El imperialismo español participa en ella: por eso reformó el régimen político franquista, se integró en la OTAN, en la Unión Europea, etc., y tiene en su palmarés auténticos récords en la explotación de la clase obrera en comparación con otros países desarrollados.

Todo iba bien para él, hasta que las disensiones en el seno de la clase dominante, un potente movimiento contra la Guerra de Irak y un atentado masivo sacaron al escenario político a la masa oprimida y explotada. La burguesía se vio obligada a interrumpir su ofensiva y, ante la falta de un partido consecuentemente proletario y democrático, recurrió a su otra opción de gobierno: un PSOE totalmente alineado con la estrategia neoliberal del capital. Una vez más -en 1982, este partido consiguió sacarla adelante frente a la resistencia popular contra la OTAN y los "pactos sociales" (destinados a desmovilizar a los obreros)-, la socialdemocracia ha sido el "recuperador" del movimiento de las masas populares para volver a subordinarlas a los intereses de los capitalistas.

El gobierno de Zapatero ha dejado intangible la base económica del poder de la oligarquía, ha facilitado su creciente enriquecimiento especulativo y burocrático (los presupuestos generales del Estado para 2008 representan un trasvase aún mayor de rentas del trabajo hacia el capital, incluso en el capítulo de gastos sociales), ha desaprovechado la posibilidad de resolver el conflicto vasco, ha desmovilizado a las masas frente a la propaganda agresiva de la derecha, cediendo a todas las exigencias de ésta, y reprime a los luchadores demócratas mientras deja impunes el terrorismo patronal y fascista. En definitiva, independientemente de su voluntad y, no digamos, de la de sus votantes, no ha hecho otra cosa que abrir un paréntesis político en la historia de España para que el imperialismo más reaccionario se recupere de su descalabro, retome la iniciativa y reanude su proyecto expoliador, montado a lomos del fanatismo patriotero que nos aboca al horror y la guerra. La reciente contraofensiva monárquica y clerical frente a la incipiente popularidad de la reivindicación republicana y anti-franquista, el nada diplomático "¿Por qué no te callas?" espetado por el Rey contra el presidente venezolano en la Cumbre Iberoamericana y el aumento de la violencia de las bandas fascistas no son casualidad: ponen de manifiesto el nerviosismo del capital monopolista español que siente que el tiempo apremia. En efecto, la recesión económica parece a la vuelta de la esquina, las subvenciones de la Unión Europea se acaban dentro de cinco años y la expansión económica en la "zona de influencia española", que es América Latina, tropieza con la epidemia de gobiernos soberanos antiimperialistas emanados de la voluntad electoral de sus pueblos.

Lamentablemente, hasta el presente, los comunistas, los demás revolucionarios y los demócratas consecuentes no hemos sido capaces de unirnos al movimiento popular antireaccionario y desarrollarlo frente a la manipulación recuperadora de los dirigentes socialdemócratas. Pero aún estamos a tiempo: dicho movimiento no está agotado, la escalada de ataques contra las condiciones de vida de amplias masas va a revitalizarlo y las apremiantes necesidades de explotación llevarán a la burguesía a precipitarse y a cometer nuevos errores. No podemos permitirnos el lujo de no ver el desastre que se avecina y de desentendernos de los intereses inmediatos del proletariado y del pueblo. Las actuales polémicas entre grupos comunistas no se justifican si no se vinculan a la lucha de clases que se abre camino en la sociedad. Tenemos el deber de resolverlas con urgencia y de poner rumbo a la unidad organizativa de todos los comunistas bajo los principios del marxismo-leninismo. Sólo así tendremos la fuerza y la autoridad suficientes para orientar al movimiento obrero por el camino revolucionario, para fundirnos con él y reconstituir su principal instrumento de combate: el Partido Comunista de España.


Apartado de correos 51498. 28080, Madrid.

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