La unidad comunista, en las condiciones presentes

Revista Teoría y Práctica, Nº 2, Marzo 2008. Eds. Octubre 17.

Sábado 29 de noviembre de 2008


Lenin definía el Partido Comunista como la unión del socialismo científico con el movimiento obrero. Dado que la teoría socialista, como toda ciencia, se halla en permanente desarrollo y que el movimiento obrero pasa por etapas de flujo y de reflujo, es evidente que la unidad orgánica de los comunistas no exige siempre los mismos requisitos. El PC es el instrumento principal del proletariado para desenvolver la forma decisiva de su lucha de clase, que es la lucha política. Por eso, cuando afirmamos, con toda la razón, que la unidad de los comunistas ha de basarse necesariamente en los principios generales del marxismo-leninismo, nos desviaremos hacia el dogmatismo y el sectarismo si entendemos que la unidad en que se concretan tales principios generales es idéntica cualesquiera que sean las circunstancias particulares. En este caso, nos incapacitaríamos para contribuir a la reconstitución de un auténtico Partido Comunista. Desde el punto de vista teórico, las exigencias para edificar un PC son crecientes, puesto que la experiencia revolucionaria acumulada nos proporciona un conocimiento cada vez mayor, más profundo y más exacto de las leyes del desarrollo social. Al mismo tiempo, como la realidad social se modifica con el tiempo, la teoría debe reconocer este hecho dejando en un segundo plano ideas que antes eran principales o, sencillamente, desechándolas cuando ha dejado de existir el objeto del que eran reflejo. La teoría marxista-leninista sigue pues un curso de desarrollo visiblemente ascendente. En cambio, el movimiento obrero como realidad viva no se alimenta exclusivamente de la teoría marxista-leninista, sino principalmente del progreso de las fuerzas productivas, de los choques con la burguesía y de la ideología que ésta difunde como clase dominante que es. Por eso, los retrocesos del movimiento proletario se nos antojan más injustificados cuanto más estudiemos la teoría marxista-leninista de manera escolástica, es decir, al margen de la lucha de clases viva. Es lo que Lenin criticaba de los “izquierdistas” cuando confundían la caducidad histórica del parlamentarismo con su caducidad política, sin darse cuenta de que las amplias masas todavía no habían llegado a asumir este hecho histórico a través de su experiencia de lucha política. Hoy también hay muchos comunistas que sólo se fijan en el “crecimiento” histórico del socialismo científico, sin interesarse suficientemente por que éste sea comprendido por los obreros a través de su propia experiencia. El movimiento obrero es un componente esencial del Partido y, si retrocede, el Partido también debe hacerlo, en cierto modo: un retroceso para mantenerse vinculado a las masas proletarias y organizado de manera que podamos devolverlas cuanto antes a una posición de ofensiva revolucionaria. Es cierto que se está produciendo una recuperación de la actividad espontánea de las masas y un cierto rearme ideológico-político que está experimentando el movimiento comunista internacional después de la dura derrota sufrida en fechas todavía recientes. Y todavía es más cierto que la experiencia histórica nos ha proporcionado enseñanzas con las que deberemos pertrecharnos si queremos llevar el futuro auge de la revolución proletaria mundial a la victoria final. Pero, durante las últimas décadas, el movimiento obrero ha retrocedido mucho políticamente. Además, sus componentes han cambiado desde el punto de vista generacional e, incluso, en cuanto a su extracción de clase, pues la mayoría son hijos o nietos de campesinos, de la pequeña burguesía rural, etc. Éstos y otros factores determinan que hasta los comunistas tenemos que volver a aprender algunas lecciones elementales y, con mayor razón, las últimas y más elevadas lecciones de la historia revolucionaria. Los que nos adherimos al marxismo-leninismo interpretamos esta teoría de manera diferente y, de ahí, extraemos la conclusión de que no podemos alcanzar la unidad orgánica en un mismo partido. Entonces, nos condenamos a militar en pequeños círculos de propagandistas, sin capacidad de dirigir siquiera una fracción minoritaria de la clase obrera.

Un ejemplo histórico de unidad

Así no podemos seguir. Debemos tomar ejemplo de lo que hicieron los mejores comunistas que nos precedieron en condiciones de reflujo político. El primer revés importante que sufrió el movimiento obrero europeo fue la derrota de la ola revolucionaria que se había iniciado en 1848. En el prefacio de la edición inglesa de 1888 a esta obra, Engels explica el escenario que se configuró para la clase obrera tras la derrota de la revolución de 1848 en Europa. Se puede apreciar fácilmente la analogía con el decaimiento del movimiento proletario revolucionario iniciado con el triunfo revisionista en la URSS en los años 50, aunque compensado durante los años 60 y 70 por el ejemplo de China, Albania, Cuba y Vietnam: “Desde entonces, la lucha por la supremacía se desarrolla, como había ocurrido antes de la revolución de Febrero [de 1848], solamente entre diferentes sectores de la clase poseedora; la clase obrera hubo de limitarse a luchar por un escenario político para su actividad y a ocupar la posición de ala extrema de la clase media radical.” Hasta aquí, salta a la vista el parecido con el presente de unas organizaciones obreras cuyos pronunciamientos no van más allá del radicalismo democrático-burgués. La diferencia estriba en que, hoy en día, todavía es rara la presencia de marxistas capaces de defender los principios revolucionarios de manera cabal, es decir, dialéctica y materialista, sin sectarismo, tal como hicieron Marx y Engels, según relata este último: “Cuando la clase obrera europea hubo reunido las fuerzas suficientes para emprender un nuevo ataque contra las clases dominantes, surgió la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero esta asociación, formada con la finalidad concreta de agrupar en su seno a todo el proletariado militante de Europa y América no pudo proclamar inmediatamente los principios expuestos en el Manifiesto. La Internacional estuvo obligada a sustentar un programa bastante amplio para que pudieran aceptarlo las tradeuniones inglesas, los adeptos de Proudhon en Francia, Bélgica, Italia y España y los lassalleanos en Alemania. Marx, al escribir este programa de manera que pudiese satisfacer a todos estos partidos, confiaba enteramente en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía resultar inevitablemente de la acción combinada y de la discusión mutua. Los propios acontecimientos y vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas más aún que las victorias, no podían dejar de hacer ver a la gente la insuficiencia de todas sus panaceas favoritas y preparar el camino para una mejor comprensión de las verdaderas condiciones de la emancipación de la clase obrera. Y Marx tenía razón. Los obreros de 1874, en la época de la disolución de la Internacional, ya no eran, ni mucho menos, los mismos de 1864, cuando la Internacional había sido fundada. El proudhonismo en Francia y el lassalleanismo en Alemania agonizaban, e incluso las conservadoras tradeuniones inglesas, que en su mayoría habían roto todo vínculo con la Internacional mucho antes de la disolución de ésta, se iban acercando poco a poco al momento en que el presidente de su Congreso, el año pasado en Swansea, pudo decir en su nombre: ‘El socialismo continental ya no nos asusta.’ En efecto, los principios del Manifiesto se han difundido ampliamente entre los obreros de todos los países.” En efecto, si nos mantenemos en el terreno del materialismo, como así lo exige el marxismo-leninismo, comprendemos sin dificultad que nuestra teoría revolucionaria no es otra cosa que la conciencia de los intereses de clase de los obreros. Y si somos consecuentemente materialistas y, por consiguiente, dialécticos, comprenderemos también sin dificultad que tal conciencia se alcanzará necesariamente por medio del desarrollo del movimiento obrero, es decir, de su experiencia práctica en unión con la lucha teórico-política de sus componentes más conscientes. Éstos podrán aportar una comprensión más profunda, más científica, menos empirista, menos contingente, de dicha experiencia práctica, al relacionarla con la historia del movimiento proletario, así como con la ciencia y la cultura generales. Pero tendrán que aportar esa visión al movimiento proletario, como parte de dicho movimiento, como contribución a su desarrollo basada en dar continuidad a su experiencia positiva. En el mismo Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels dedican todo un capítulo a la lucha contra las expresiones feudales, burguesas y pequeñoburguesas del socialismo, para combatir su influencia perniciosa sobre el movimiento proletario. Pero, al mismo tiempo, defienden cierta unidad de acción política con las clases que sustentan tales ideologías y, sobre todo, resumen su programa con la consigna siguiente: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Marx y Engels no supeditan su llamamiento a la unidad de los obreros a que éstos adopten el punto de vista del Manifiesto. Es justo defender el desarrollo coherente del marxismo-leninismo, basado en sus principios, contra el revisionismo; es justo practicar una lucha de dos líneas al respecto; es justo criticar a los componentes del movimiento obrero que lo frenan en lugar de impulsarlo y de elevarlo hacia la revolución. Pero eso debe hacerse buscando la buena marcha del movimiento obrero y desde dentro del movimiento obrero. Como advierte Lenin, “… la lucha contra la aristocracia obrera la sostenemos en nombre de la masa obrera y para ponerla de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunistas y socialchovinistas la llevamos a cabo para conquistar a la clase obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente.” (La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo) Hoy, igual que entonces, los comunistas debemos reunirnos para elaborar un programa político para el movimiento proletario. Es verdad que este debate, el cual transcurre a través de la unidad de acción en aquellos aspectos que compartimos, se ve obstaculizado por el problema ideológico. Y, dentro de éste, la apreciación de la historia de la revolución proletaria internacional. ¿Cómo hacer que esta apreciación no impida la unidad de los comunistas en un solo partido?

El balance de la experiencia histórica de la revolución

La experiencia revolucionaria de la clase obrera ha ido creciendo desde el siglo XIX. Ésta nos ha proporcionado una mejor comprensión de las condiciones para la emancipación social y, en ese sentido, un correcto balance de esta experiencia es necesario para prevenir errores del pasado y para que, en lo sucesivo, nuestra clase sea capaz de llevar su obra revolucionaria más allá de lo logrado hasta el presente, a poder ser, hasta el triunfo definitivo del comunismo sobre el capitalismo. Los militantes de Unión Proletaria defendemos el bagaje positivo de la teoría y la práctica del movimiento proletario, a saber, resumidamente: el carácter de nuestra época como la del imperialismo o capitalismo monopolista, así como de la revolución proletaria mundial que es la tendencia fundamental de nuestra época; el marxismo-leninismo como el marxismo de dicha época; las contradicciones del sistema mundial imperialista entre proletariado y burguesía, entre potencias y naciones oprimidas, entre los mismos imperialistas y entre los países capitalistas y los países socialistas; la identificación con la construcción del socialismo en la URSS de Lenin y Stalin, y en el conjunto del campo socialista; la condena del revisionismo en estos países auspiciado por Tito, Jruschov, Brézhnev, Deng Tsiao-ping y otros, así como la defensa de las tentativas revolucionarias, en China y Albania sobre todo, por continuar la revolución y derrotar ese revisionismo. Renunciar u “olvidar” de antemano cualquiera de éstas y otras muchas enseñanzas de la lucha de clases que nos ha precedido no favorecerá el éxito de cualquier nuevo movimiento revolucionario y debe ser criticado por los marxistas-leninistas. Pero esto no debe llevarnos a una ruptura u hostilidad hacia dicho movimiento, sino que hemos de procurar la corrección de sus carencias en el curso de su desarrollo, apoyándolo, participando en él. Si, por el contrario, convertimos el reconocimiento de estas lecciones en una línea de demarcación entre nosotros y nuestros enemigos, estaremos apoyando entonces a la menor parte del movimiento revolucionario hoy existente, mientras que nos limitaremos a denunciar el revisionismo –es decir, la negación de aquellas enseñanzas- que practica la mayor parte del movimiento revolucionario de las masas oprimidas, sin ninguna solidaridad real hacia ellas. Así, sólo conseguiremos distanciarnos de ellas. Además, no basta con apoyarlas formalmente: hay que estar dispuestos a trabajar en sus organizaciones reivindicativas, aunque estén dirigidas por oportunistas; hay que estar dispuestos a concertar acuerdos con éstos que fortalezcan la unidad del proletariado como clase; y, desde luego, hay que empezar por organizar el frente único de las masas obreras influidas por diversas interpretaciones del marxismo-leninismo. El balance definitivo de la experiencia revolucionaria lo resolveremos durante el futuro auge del movimiento proletario. Mientras, los comunistas pro-soviéticos, cubanistas, maoístas, hoxhistas, etc., que nos enfrentamos en el pasado, debemos restablecer la base de unidad que tuvo el movimiento comunista internacional hasta que el revisionismo moderno la liquidó: los principios ideológicos marxistas-leninistas, formados a lo largo del período ascendente de la Revolución Proletaria MundiaL. El desenlace de la contrarrevolución en la Unión soviética y otros países socialistas, una vez asimilado, crea las condiciones objetivas para este acercamiento en la medida en que los hechos confirman y desmienten, en según qué extremos, las posiciones de todas estas corrientes, obligándoles a reconsiderarlas. Los pro-soviéticos no pueden por menos que reconocer el carácter contrarrevolucionario burgués de las tesis jruschovistas y, por consiguiente, que los comunistas chinos y albaneses tenían razón en lo fundamental. Al mismo tiempo, los hoxhistas y los maoístas también cometieron errores “de juventud”, idealistas, de purismo teórico (al igual que, en la lucha contra el revisionismo de la II Internacional, hubo exageraciones “izquierdistas” por parte de Trotski, Bórdiga, Pannekoek, Korch y otros “radicales”): el análisis de la URSS de los años 60 a 80 como capitalismo ya restaurado, socialimperialismo, socialfascismo de tipo “hitleriano”, imperialismo más agresivo y peligroso, etc., se ha demostrado incorrecto, puesto que ahora es evidente que no habían culminado su transición al capitalismo y que este paso, lejos de reactivar la lucha revolucionaria, ha provocado un retroceso político en el movimiento obrero; asimismo, los remedios anti-revisionistas de los comunistas chinos y albaneses han resultado insuficientes, ya que ellos mismos han acabado cediendo a la tendencia generalizada de reflujo que experimentó la revolución proletaria mundial. Las mejores condiciones para resolver el balance histórico las proporcionará un escenario en que las distintas corrientes marxistas-leninistas luchen por su punto de vista sin detrimento de la mayor unidad de acción posible entre ellas y con las masas proletarias allí donde se hallen.

Solidaridad con los países socialistas

Esta táctica de frente único proletario ha de tener, claro está, una dimensión internacional. Nuestro punto de vista sobre los partidos del movimiento comunista internacional lo acabamos de exponer y se concreta en que son legítimos los diferentes agrupamientos mundiales de marxistas-leninistas (Conferencias de Partidos Comunistas y Obreros, Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxistas-Leninistas, Movimiento Revolucionario Internacionalista, etc.), siempre que se esfuercen por avanzar hacia su unificación, hacia la reconstitución de la Internacional Comunista. Pero, ¿qué hay de los países socialistas? ¿Sigue contando el movimiento proletario internacional con tales bases de apoyo? Por una parte, la URSS, Albania y el resto de países socialista de Europa restauraron completamente el capitalismo. Por otra parte, Cuba y Vietnam nunca condenaron el revisionismo moderno, aunque se desmarcaron de sus formas extremas; Corea se mantuvo al margen de la lucha de dos líneas de los años 60 y 70; y China abandonó esta lucha tras de muerte de Mao. Unos porque nunca llegaron y los otros porque retrocedieron, se podría afirmar que quienes dirigen estos países son revisionistas y que, por consiguiente, sus países no pueden ser socialistas. Pero, en primer lugar, son países a los que el sistema capitalista mundial trata como enemigos y merecen nuestro apoyo frente a las agresiones imperialistas. En segundo lugar, hay que reflexionar sobre qué entendemos por socialismo. Aun siendo ésta una cuestión complicada y controvertida, es justo considerarlo como todo régimen de transición desde la conquista del poder por la clase obrera hasta el comunismo, con la correspondiente revolucionarización de las relaciones sociales. No es correcto considerar que un país ha dejado de ser socialista y se ha convertido en capitalista porque haya sufrido algún retroceso político o económico, respecto de su propia historia o de la experiencia universal. En tal caso, la iniciativa de Lenin de implantar la NEP habría supuesto la restauración capitalista en Rusia. Es verdad que el poder político seguía allí en manos del proletariado revolucionario, mientras que aquellos países estarían dirigidos por revisionistas. ¿Los convertiría esto en países de dominación burguesa? El revisionista suele pertenecer, por posición objetiva, de clase, a la pequeña burguesía o a la aristocracia obrera. Además, es vehículo de la influencia de la burguesía en el movimiento obrero. Pero, tanto por la naturaleza de clase del “intermediario” como por el contenido de su política, no se deben exagerar las cosas absolutizando lo burgués de la misma. Si fuese así, no haría falta el “disfraz” revisionista y esa política sería abiertamente capitalista, fascista, neoliberal, etc. Una política revisionista significa que dirige la burguesía, la tendencia contrarrevolucionaria, restauradora del capitalismo; pero también significa que la correlación de fuerzas de clase no permite la dominación abierta de esta clase, no es la ordinaria de un país capitalista. Significa, por lo tanto, que no todo está perdido para la rectificación revolucionaria del partido, organización o régimen político; y que la independencia política de clase para la crítica del revisionismo debe ir unida al trabajo entre las masas sometidas al mismo. Y si eso lo relacionamos con unas condiciones económicas (estructura de propiedad, producción dirigida hacia las necesidades de alimentación, vivienda, salud, educación, … de la población trabajadora) que contradicen el objetivo de valorización del capital, no nos queda más remedio que preguntarnos: ¿qué clase de capitalismo restaurado es éste? ¿Se debe ese retroceso o atraso político a condiciones adversas en la lucha de clases o hay realmente una intencionalidad contrarrevolucionaria en los dirigentes? Incluso en este caso, ¿acaso no hay todavía posibilidad de invertir esta tendencia involucionista si apoyamos lo justo que aún queda y a las masas que luchan por defenderlo, a la vez que practicamos una responsable crítica de camaradas? Desde el punto de vista histórico, estamos en la época de la revolución proletaria mundial, pero no olvidemos que, desde el punto de vista político, nos hallamos en un largo y generalizado período de reflujo revolucionario. En esta situación, es un grave error caracterizar principalmente como revisionismo el retroceso político del movimiento proletario. Hay que partir de los rescoldos de socialismo que se mantienen en Cuba, China y otros países socialistas, así como del renacer incipiente del movimiento obrero y revolucionario internacional, apoyándolos sin exigirles inmediatamente el nivel político más alto históricamente alcanzado (a la vez que luchamos por devolverlos a esa posición). A nuestro juicio, debemos considerar como socialistas a los países que lo fueron mientras no hayan completado la restauración capitalista (es el caso hoy de Cuba, China, R.P.D. de Corea, Vietnam y Laos); y debemos apoyarlos como países socialistas mediante una solidaridad efectiva, al mismo tiempo que criticamos las tendencias burguesas que se manifiestan en esas sociedades y apoyamos a los que allí se enfrentan a ellas. El carácter inconsecuentemente proletario de los países socialistas actuales –comparado con las más elevadas realizaciones históricas de la revolución- es el reflejo de la debilidad de la clase obrera en los mismos y también de la debilidad de su lucha a escala internacional. Acabar con esta situación y reanudar la ofensiva revolucionaria del proletariado es, por lo tanto, responsabilidad de todos los comunistas del mundo.

El nuevo brote de “radicalismo” pequeñoburgués

En el proceso que se abre paso hacia la unidad de los comunistas y hacia la unidad de éstos con las masas proletarias, se interpone el obstáculo de ese falso radicalismo que pretende resolver los problemas de fondo, sin comprender cómo llevar a las amplias masas a asumir esta solución. Sectarismo, prepotencia, propaganda vocinglera, etc., son las formas en que se manifiesta esta concepción que, desde luego, es propia de la pequeña burguesía enfurecida y que es muy peligrosa porque perjudica la unidad proletaria. La practican algunos oportunistas de los que nunca quisieron asumir cabalmente los principios del marxismo-leninismo y que, hace años, tenían capacidad para promover proyectos reformistas. Pero también se ven arrastrados por esta política inconsecuentemente revolucionaria muchos honestos militantes, desencantados del reformismo de IU, del PCE, … que todavía no han madurado bastante políticamente. Es responsabilidad de los comunistas más preparados ayudarlos a completar su formación teórico-práctica, y no despreciarlos por sus errores infantiles. Ninguno de los dispersos destacamentos comunistas podemos eludir la prioridad del trabajo político con el conjunto de la vanguardia comunista, con los más y los menos coherentes, incluso con los oportunistas hasta desenmascararlos ante los obreros revolucionarios. No podemos saltar por encima de ella para pasar ya a priorizar nuestro vínculo con las grandes masas. No disponemos de fuerzas para forjar un vínculo suficiente y volveríamos a cerrar en falso el proceso de reconstitución del Partido Comunista. Debemos optimizar la utilización de nuestras capacidades y priorizar el combate contra el sectarismo “izquierdista” entre los revolucionarios a fin de recabar así una fuerza suficiente para derrotar al oportunismo derechista en el movimiento obrero. En definitiva, en la situación de reflujo revolucionario actual y para salir de ella, tenemos el imperioso deber de superar la actual división interna del movimiento comunista en España y en el mundo –producida por sus variados y contradictorios contagios pequeñoburgueses-, mediante una predisposición autocrítica a la síntesis superadora de las concepciones y experiencias particulares de cada una de las corrientes marxistas-leninistas. La militancia de todas ellas en un único partido comunista y en una única Internacional Comunista en reconstrucción permitirá atender las necesidades imperiosas de la clase obrera y de las masas populares, a la vez que hacer partícipes a éstas de la lucha concreta por deslindar el marxismo-leninismo con respecto a todas las variantes de oportunismo contrarrevolucionario. Permitirá, en conclusión, reconstituir partidos comunistas verdaderamente revolucionarios y verdaderamente de masas, unidos a escala internacional, para impulsar una nueva ofensiva de la revolución proletaria mundial.


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